El día en que no había leído a Borges
En una feria del libro de la universidad, cuando recién comenzaba mis estudios de Antropología, me senté en una mesa rodeada de tesoros literarios. Conversábamos varios estudiantes, entusiasmados por los hallazgos, cuando un compañero —con aire de superioridad— me interpeló, frente a todos, por no haber leído El Aleph de Borges. Sentí vergüenza. Una vergüenza tonta, casi ridícula, pero real.
Tardé años en atreverme a leer ese cuento. Y cuando lo hice, ya era otra: no solo leí ese, leí todos sus cuentos. Con el tiempo, llegué a reconocer en Borges no solo al autor sin novela ni Nobel, sino a un verdadero aliado en las historias de vida que hoy escribo.
La etapa de leerlo todo
Aquel episodio no fue un punto final, fue un comienzo. Desde entonces, comencé a leer por impulso, por curiosidad, por hambre. Leía lo que encontraba en las bibliotecas públicas, lo que tomaba prestado de amigas, lo que me regalaban en fechas señaladas. Más adelante, en la Universidad de Barcelona, mientras hacía mi máster en Antropología, me dejaba seducir por títulos y contraportadas. Había semanas en las que leía “por continentes”: un novelista árabe, una poeta polaca, un africano francófono. Leía para entender el mundo.
El oficio: leer por encargo, por trabajo, por resistencia
Años después, ya en la UAB, estudiando Edición: arte, oficio y negocio, comencé a ganarme la vida leyendo. Escribía informes de lectura para editoriales reconocidas. Me pagaban 60 euros por cada uno, sin importar si eran 150 o 500 páginas. Leía por obligación, con reloj, con plazos. A veces eran libros sin alma. Pero aprendí. Aprendí a leer con método, con agudeza. Leía rápido, subrayaba fuerte, detectaba fallas, veía potencial. Mientras tanto, también trabajaba como agente literaria para una agencia reconocida. Ahí la lectura era otra: más estratégica, más comercial, pero también más cercana al autor. Leía con lupa, con visión de futuro.
Lecturas que abren camino
En la agencia, hubo momentos mágicos. No todos los manuscritos eran prometedores, pero de vez en cuando llegaba uno que te interpelaba, o llamaba la atención poderosamente. Y en esos casos, la lectura era otra cosa: era un acto de fe. Leer se volvía una forma de confirmación. Descubrir una historia que merecía ser leída por otros, reconocer su fuerza y escribir ese informe de lectura, era casi como entregarle a ese libro su primer impulso vital.
Un manuscrito es solo un manuscrito… hasta que alguien lo lee y lo reconoce. Y ese alguien, a menudo, es una lectora como yo. En esos momentos, una se convierte en la primera voz que abre camino, la que puede hacer que un libro pase de ser un archivo en PDF a convertirse en una obra que circula, respira, y encuentra su lugar entre los lectores.
Cansancio y regreso: volver a leer por amor
No aguanté mucho tiempo ese ritmo. Me independicé. Comencé a representar directamente a autores que me interesaban. Leía menos, pero leía mejor. La lectura volvió a ser compañía, aunque nunca dejó de ser trabajo. Con los años, con mis estudios, con la escritura y la edición, abandoné la agencia. Sentí que necesitaba volver al oficio lector en su forma más humilde.
Hoy vuelvo a leer desde otro lugar. Ya no me deslumbra cualquier texto. He perdido cierta inocencia, pero he ganado experiencia. Ya no tengo tiempo para lecturas vanas. Pero cuando una gran obra se cruza en mi camino, la reconozco. Y me reconozco en el mundo como partícipe de la vida de esa historia.
Leer como forma de estar
Ser lectora es un oficio invisible. A veces, ingrato. Pero es también una forma de estar en el mundo. Una forma de escuchar. Una forma de ver más allá de las palabras. Leer es acompañar. Es intuir. Es afinar la mirada. Es, al fin y al cabo, estar atenta.